Francisco
Tomasevich fue una de las víctimas del Operativo Cutral Co, y vino desde
Suecia, donde reside desde que se fue al exilio. Comentó que en el día de la
fecha se cumplía exactamente 30 años de ser secuestrado de su casa en Plaza
Huincul. Había sido
delegado
gremial de la UOCRA en la empresa Mckee Techint. El día del secuestro,
fuerzas del Ejército Argentino uniformadas y de la policía de Neuquén,
movilizados en vehículos militares, ingresaron al domicilio de la víctima en
Cutral Có, previo golpear la puerta al grito de Ejército Argentino. Cuatro
personas de uniforme militar con armas largas sacaron a Tomasevich,
quien estaba a medio vestir y lo llevaron hasta la Comisaría Cuarta de esa
localidad. “Allí me vendaron los ojos y comenzaron a aplicarle golpes y descargas
eléctricas en distintas partes del cuerpo. Me querían acusar de querer hacer volar
la destilería de Huincul. Me preguntaban varias personas, no por nadie en
particular. Eso parecía una eternidad”, explicaba. Luego lo subieron a un celular dentro
del cual un policía le retiró las vendas, en el vehículo había otras víctimas en
su misma situación.
Un
día fue sacado del calabozo para reconocer una chacra en Cipolletti: “pasó
cuando recién había llegado. Había una casona, pensé que me llevaban para
hacerme boleta. Dos hombres de civiles me llevaron, uno se hacía el pesado, el
guapo. El otro se hacía el bueno. Vemos pasar un tractor por el lugar, y solo
me intimidaron y me llevaron de vuelta a la Unidad 9”.
El
7 de julio de 1976 fue puesto a disposición del PEN mediante Decreto Nº
1235657. Quedó alojado en el pabellón de presos políticos de la U9 hasta que
fue trasladado a la U6 de Rawson el 9 de septiembre de ese año. “Allí, en el pabellón 5 nos verdugueaban,
golpeaban y requisaban siempre. Algunos compañeros comenzaban a delirar,
enfermarse, había chinches. Si uno hacía
un mal movimiento te encerraban en el calabozo y cuando todos salian al recreo,
venía la requisa donde te desnudaban y apaleaban, te tiraban todo y rompían todo”.
“No
tienen perdón, eran bestias. La misión de ellos era destrozarnos. La nuestra
sobrevivir. Nosotros nos organizábamos. Habían médicos, psicólogos, había
muchos profesionales. Nos ayudábamos y así pudimos sobrevivir”, expresaba
Tomasevich.
Quien
culminaba las testimoniales del día fue Jorge Eduardo Molina Ezcurra, el imputado
en este segundo juicio que ya fue condenado en 2008 con 21 años de prisión. Cuestionó
la autenticidad del denominado Plan del Ejército Contribuyente al Plan de
Seguridad Nacional. El mismo fue incluido en la instrucción de este juicio y se
tuvo en cuenta para la sentencia del año 2008. “Este documento me fue entregado por mi abogado
defensor, Corigliano, en el 2011 para que lo considere si era falso o
verdadero. Hoy, treinta y seis años después, tenemos que tratar de aclarar
estos documentos”, señalaba.
Aseguró
que “es extenso, poco claro, de difícil lectura y comprensión. Es un documento
apócrifo, no es real. Se mantuvo en absoluto secreto, nunca fue firmado porque
nadie quería involucrarse en ser responsable de un golpe de un estado
democrático, y en consecuencia nunca se transformó en una orden”. Consideró que
dicho escrito fue redactado después de los hechos por personal militar no muy
actualizado, pero que habían vivido la época y sabían de las órdenes
impartidas.
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