jueves, 5 de julio de 2012

"Durante más de cinco años no dormía tranquilo"


Ernesto Joubert fue detenido el 27 de mayo del ‘77 mientras caminaba frente a la Sección Junín de los Andes de Gendarmería Nacional. Era jornalero en un aserradero de Junín de los Andes y militante del PJ. La detención fue ejecutada por una comisión de gendarmes comandada por el Segundo Jefe de la Sección, el Comandante  Emilio Jorge Sachitella. Se le inició una causa por actividades subversivas y quedó a disposición del Ejército Argentino.

En la Sección de Gendarmería fue constantemente interrogado mientras lo mantenían atado a una silla y lo golpeaban. “Quien conducía los interrogatorios era Sachitella. Me preguntaba por personas de San Martín de los Andes y me vinculaba con una supuesta organización subversiva. Un tal Aguirre me ponía una bolsa de nylon en la cabeza para que me asfixiara, me retorcía las esposas, mientras otro me apretaba los testículos. También fui obligado  a firmar varios papeles en blanco bajo amenazas de que iban a tomar a mi hermana si no lo hacía, que tenían su dirección”, comentaba Ernesto.  


Al llegar a la capital neuquina, Joubert fue llevado hasta el Centro de Detención ‘La Escuelita’. “Me meten a patadas a un baño donde las paredes estaban manchadas con sangre, y en el interior había cajones de colirio. Me parten a golpes la nariz y la ceja, después me castigan con una manguera o cinto y me ponen una cadena con un candado en el cuello y me engrillan de pies y manos. Me dejan así en un catre.”

En La Escuelita estuvo aproximadamente dos semanas, donde las torturas eran permanentes.  “Las palizas eran por placer de ellos. Me metían agujas debajo de las uñas, golpes de platillos en los oídos, ruleta rusa en la cabeza, todo el tiempo malos tratos e insultos. También padecí torturas con descargas eléctricas. Me mojaban y me ataban al camastro. Un día un médico dijo que no me dieran agua y cuando insistí que me dieran, uno de los gendarmes que encargaba de custodiarme me dijo que le disculpara que estaba tibia, y me orinó en el rostro”.

El volumen de la radio era alto en las sesiones de torturas, a veces igual se escuchaban los gritos provenientes del baño, disparos, hasta una hormigonera del lado de afuera de la pared donde se encontraba. Joubert aseguró también ver sacar a dos personas de la rastra: “no se si estaban vivos o muertos, los sacaban de los pies, pero los que los sacaban eran militares con uniforme  que iban en un camión”.

Antes de su liberación, lo trasladaron a la U9 de Neuquén. “Me sentía raro porque fue la única vez donde no me golpearon. Ahí me dijeron que los detenidos estábamos encargados como paquete, que no podían hacer nada por nosotros. ‘Si viene el ejército no podemos hacer nada´, decían”. Recordó que fuera de su celda tenía un cartel con la inscripción ‘a disposición Subzona 52’.
Al finalizar su testimonio, ante una pregunta sobre las secuelas físicas y psicológicas que le dejó la detención en el Centro Clandestino, Ernesto contestó que en cuanto a las físicas “no tanto porque cuando uno es joven, se recupera rápido de los golpes. Pero con las cosas del alma, no. Durante más de cinco años no dormía tranquilo. Sentí que me golpeaban, que estaba atado en el camastro, que me martillaban, la ruleta rusa en la cabeza”.

Martina Ibáñez se presentó como testigo de la causa de su hermano Ernesto Joubert.  La testigo estaba en Buenos Aires en julio de ‘77 cuando recibió un telegrama de su madre avisándole de la situación de Ernesto y viajó de inmediato a Neuquén. “Mi hermano era el sostén de mi madre que era enferma mental. Con la detención de Ernesto, su cuadro se agravó mucho”.

Cuando fueron al Comando las atendió un hombre quien les dijo que lo tenían ahí, pero que no lo podían ver porque estaban investigando si tenía conexiones con algo. “Entonces fuimos a ver al doctor Massei y le contamos el caso para ver si lo puede ubicar en la cárcel, pero nos respondió que no le permitían el ingreso ahí.  Me sentí como una niña de cuatro años, con un total desamparo me volví a Buenos Aires. Recién pude ver a mi hermano luego de su liberación”.

Terminó su testimonio pidiendo justicia: “porque ésto no nos ha dañado solo a nosotros, sino a toda la sociedad”, concluía Martina.

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